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Noticias GEA - Elaphus, un cuento sobre la berrea
Elaphus, un cuento sobre la berrea
20/09/2012

Es el atardecer de una aún cálida tarde de principios del otoño en la Serranía de Cuenca. Estamos entre finales de septiembre y primeros de octubre, y los colores ocres y rojizos empiezan a vestir el paisaje vegetal. Atrás han quedado dos semanas de lluvias intermitentes que han verdeado los prados y resucitado los arroyos después de la sequía estival. El acre aroma de la hojarasca humedecida inunda el aire con sutileza. Como cada día, las hembras del ciervo ibérico abandonan sus encames en la intimidad del bosque, y poco a poco van ocupando las zonas de alimentación en el fondo del gran valle, donde ya disponen de ricos y nutritivos brotes de hierba fresca.

El sol empieza a caer sobre el horizonte, y la inquietud se hace notoria sobre la tranquilidad imperante de la foresta. Desde lo más profundo del bosque se siente el quebrado de ramas secas, el brusco crujir de arbustos y el tronchado de pequeños pinos, que avanzan impetuosos hacia el valle, desde todas las direcciones, como atraídos por una fuerza ineludiblemente tentadora. De pronto, un potente bramido se arranca desde una hondonada que da acceso al valle. Su potencia es tal que lo atraviesa, y se hace sentir por las muelas y parameras cercanas. Elaphus, un gran macho de ciervo ibérico, ha sentido la llegada del celo, la necesidad de perpetuar sus genes. La berrea ha comenzado en la Serranía de Cuenca. 

Tremendamente excitado, Elaphus emite sus potentes bramidos de forma incesante, mientras se aproxima a los grupos de hembras. Su majestuosa elegancia señala que es uno de los señores del bosque. Orina en un montón de tierra húmeda, donde se tumba e impregna de hormonas que motivarán la receptividad de las hembras. Las atosiga incansable, moviéndolas y reuniéndolas, pretendiendo su control y exclusividad. Sus quejumbrosos bramidos, su almizclado perfume, y su enorme cornamenta son sus armas de seducción. Quiere cubrir a todas cuantas pueda… Pero no será una tarea fácil. Con sus bramidos, Elaphus ha despertado el instinto dormido del celo del ciervo, y ha iniciado un coro que se prolongará intermitente cada noche, desde el alba hasta el amanecer, durante unas 3 semanas.

Son muchos los machos que acuden al gran valle, al igual que Elaphus, con la pretensión de ganarse un lugar entre los reyes del bosque. Han pasado todo el año en la profundidad de bosques y barrancos, alimentándose, con el principal objetivo de producir una enorme cornamenta que corone sus testas, y les dé opciones (quizá más que el año anterior) de sentir el privilegio de legar sus genes a la próxima generación. Ahora es el momento de la verdad… Elaphus tiene el control de una buena parte del gran valle, y lo defenderá con todas sus fuerzas. Algunos machos más jóvenes se aproximan valientes a las hembras, empujados por su recién descubierta fogosidad. Pero una simple demostración de fuerza del señor del bosque, que exhibe su hermosa cornamenta, de grosor y longitud considerables, y su poderosa corpulencia, es suficiente para que los jóvenes aspirantes desistan de su empeño. Algunos viejos machos, que han escapado a la suerte de las escopetas en el transcurrir de los años, se dejan ver por el valle, cansados ya tras muchas berreas victoriosas. Su momento ya ha pasado, pues saben que no tienen opciones ante los que quizá sean sus propios hijos, ciervos más jóvenes y fuertes, con grandes cuernas, que le han sucedido en el escalafón de la reproducción.

Las noches de berrea marchan bien para Elaphus. Está fuerte, y a pesar de que no ha comido nada en varios días, pues aparearse es lo único que le importa, se mantiene firme en sus funciones vitales. No ha parado de seducir a los grupos de hembras, y su simiente está asegurada en el bosque. El atardecer se echa de nuevo sobre el cielo serrano, y una sombra desconocida se deja caer con fuerza por la solana que bordea el gran valle. Otro gran macho anuncia su llegada a la zona con sus bramidos, y atraído por los olores de las hembras de Elaphus, se aproxima decidido a los dominios de éste. Ambos machos se miden desde la distancia. En un abrir y cerrar de ojos, han comprobado que sus fuerzas están igualadas, que las exhibiciones de fuerza no sirven para disuadirles de su empeño, y que deben luchar por el derecho a aparearse con las hembras del valle. Entrechocan sus cornamentas y se empujan con bravura, como si hubieran quedado perpetuamente enganchados. Tras varios minutos flojean tímidamente y se separan, para volver a la carga a los pocos segundos. Ambos están exhaustos, pero el esfuerzo merece la pena, pues la perpetuación de la sangre está en juego. El nuevo macho del valle muestra una valiosa soberbia y frescura, mientras que Elaphus nota ya el peso de lo que son muchos días en el trono. Una fuerte sacudida de los colosos provoca el tropiezo de Elaphus, que pierde el pie y se derrumba abandonando la pelea entre la polvareda levantada. El inmediato acoso del aspirante, que se tira sobre él y le persigue, le obliga a retirarse raudo al bosque. Elaphus ha sido derrotado en lo que sin duda ha sido un mítico combate.

A sus siete años de vida, Elaphus ha sido destronado, por el momento. Parece increíble que hace tan solo 4 años fuera un jovencito más, con muchas ganas pero con escasas opciones de victoria en un combate ante otros machos. Ahora ha sufrido su primera derrota en berrea, pero sigue siendo uno de los señores del bosque, y aún tendrá opciones de serlo durante algún año más. Completamente agotado, Elaphus ha perdido un tercio de su peso en estos días. Volverá a su vida huraña y oculta, incluso misteriosa, y su único cometido será alimentarse y mantenerse sano para poder desarrollar, una vez más, una hermosa cornamenta que le permita afrontar con opciones de éxito la época de celo en el año próximo. Han sido tres semanas extasiantes para los habitantes de la Serranía de Cuenca. Ya vuelve la calma por fin, los instintos se adormecen de nuevo, el bosque recupera su silencio.

Jaime Rodríguez Estival.

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